Sagrado Corazón de Jesús-Cristo Crucificado

 «El Costado de Cristo, atravesado por la lanzada del soldado, —del cual sale sangre, que expía, y agua, que es portadora de la vida— simboliza toda la divinidad al alcance del hombre… ¡Qué maravilla! ¡Amemos la Cruz! 




El acontecimiento de la lanzada, que abre el costado y atraviesa el corazón de Cristo, es síntesis perfecta de la Pasión, como la Pasión es síntesis perfecta de toda la vida de Cristo. La Pasión nada más que es para abrir el cielo, que estaba cerrado, abierto ese Hombre. Por la Pasión queda perdonado el pecado y Dios queda abierto. Por eso, después de la Pasión, viene la apertura de Dios: el Pecho abierto.


Dios se me comunica íntegramente como la lanza entró hasta lo más íntimo del cuerpo que es el corazón. ¿Ven? Es lo profetizado por Zacarías: “Yo voy a derramar sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración y ellos podrán volver sus ojos hacia Aquél que traspasaron y ellos, mirándolo, se lamentarán con la lamentación tal cual se hace sobre un hijo único. Llorarán amargamente el pecado como se llora un primogénito”… Y sigue: “En ese día brotará una fuente, —el Costado abierto—  que borrará su pecado y su impureza”. (Zacarías 12, 10; 13, 1).


“Sino que uno de los soldados —parece una ocurrencia— atravesó con una lanza su costado”… No es una ocurrencia, todo está medido por Jesús. El grito último de Jesús desde su trono de la Cruz: “Todo está cumplido”. Es el grito de la victoria total de Nuestro Rey Mesiánico sobre su trono mediante su obediencia absoluta al Padre. 


Mira, vamos a mirar ese Costado abierto. Cristo quiere revelarse en la Historia humana bajo el aspecto repelente de un ajusticiado, horriblemente castigado, con el castigo terrible y difamante de un esclavo criminal, abandonado, vilipendiado, insultado, azotado con tetrérrimo y horripilante flagelo, desfigurado, abofeteado, golpeado, coronado con crudelísimas espinas, para expirar sediento, agónico, lívido en el espantoso, duro y rudo patíbulo de la infamante Cruz. Abandonado al dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, inmerso en el dolor fruto de la maldad que Él no hizo, pero que libremente soportó para librarme a mí de las horrendas y destructoras garras del pecado. Esto acabó en merecerte la apertura del cielo, que es el Costado abierto. El cielo está abierto, todos tus pecados han sido pecados con ese horripilante flagelo, con ese abofeteamiento… Es nuestro gran bienhechor.


El modernismo no quiere ni ver ese figura del Crucificado del Gólgota. Quiere dejar a la Cruz en la lejanía más lejana, la de las sombras del olvido peor, el del ciego, sordo y mudo voluntariamente… Pero nosotros no así, miremos esa Cruz, ese Rey, ese Maestro, ese Amor, ese Corazón…


Miremos el Crucificado, es toda la belleza redentora puesta para ser vista, es la sublime belleza expiatoria exhibida en algo patíbulo, en alto cerro para ser vista y aceptada… ¡Acéptala! Es la oferta salvadora de Dios, es la paz a la tierra dada por Dios desde el cielo. No hay otro nombre en la tierra en el cual convenga que seamos salvados, ese nombre es la Cruz. No hay más salvador que ese hombre desfigurado, por atormentado, que cuelga de la Cruz. Ese es nuestro Rey, nuestro Patrono… Rey, para ser sacerdote víctima, sacerdote oferente y víctima ofrecida. Para vencer la crisis de mundanismo, de hedonismo en el que hoy naufragan todas las virtudes cristinas y, con ellas, nosotros. No existe otra salvación, otra arca de Noé que mirar y aceptar al Crucificado del Gólgota. 


Hoy suena mucho el hombre, poco o nada Dios. Hoy se borra del Evangelio la página sangrienta y trágica de la Cruz y se recogen y se resaltan solo las páginas del Evangelio para interpretarlas de tal modo que hagan la vida fácil, placentera, rica, lírica… ¡Qué terrible!... Hoy se pretende curar las llagas profundad y mortales de la humanidad desde abajo, ¡qué fracaso!, desde el abajo del hombre con solo el esfuerzo del hombre. Hoy se rechaza obstinadamente la cura desde arriba, desde el enviado por el Padre para curar: Cristo, el Crucificado del Gólgota…


Contempla la carne del Hijo de Dios, que acaba la carrera de su vida en el abandono cerrado de sus criaturas —todos sus apóstoles huyeron, menos uno—, abandonado de Dios, su Padre, a causa mía y tuya: “¿Por qué me has abandonado?”… ¡Qué grito! Y aquello, qué tremendo: “Yo soy el oprobio de los hombres, toros bravos que abren contra mí sus fauces como león rugiente y mi corazón, es decir todo mi ser, se me derrite como cera en mis entrañas por la cólera de mi Padre”... A causa tuya, a causa mía. Oh, Cristo mío, quiero ser bueno, te lo prometo… Aunque no sientas nada, te seguiré y punto. 


Vamos a trasladarnos al huerto de Getsemaní. Ponte en un rincón, imagínate que estás allí. Y desde ese rincón contempla al orante, contempla al sufriente por ti, porque te quiere. Contempla la escena divinamente trágica de la noche de Getsemaní, contempla cuánto le cuestas a Dios, contempla de cuánto peso sea la gravedad del pecado, que comentes como se bebe un vaso de agua.


Llegada la noche, Jesucristo, el Señor de potente señorío, el Rey, el Varón de irradiante plenitud, se adentra en la arboleda de los olivos de Getsemaní y cae herido de un rayo… Cae, ¿y yo no lo ayudo? Espantosamente abatido, solo, postrado, las rodillas hincadas, la frente pegada a la tierra. Ora, grita, tristeza mortal lo domina hasta decir a sus apóstoles: “Triste está mi vida hasta morir”… Todo en Él es abatimiento, todo desolación, todo hastío, todo decaimiento. Jesús, el dueño del Universo, el Hijo de Dios, yace en el suelo, su frente pegada a la tierra, su carne estremecida, sudorosa, sangrante. Yace en actitud de expiación dolorosa, de oblación total de sí expiatoria de nuestro pecado. Yace en actitud de holocausto, de entrega a la voluntad del Padre —al que hemos ofendido pecando— en gemido trágico. 


Querido hermano, ¿qué será el pecado? Una crueldad diabólica acompaña a la humanidad desde su cuna hasta nuestros días. 


Desde el fratricidio de Caín hasta las últimas deportaciones en masa y últimos campos modernos de concentración, los años de la humanidad están llenos de salvajismo. Nuestra historia lleva el sello de lo trágico. Oleadas de barbarie, guerras de desolación, cadenas sangrientas de revoluciones y persecuciones, intrigas inimaginables, choques constantes, rebeliones exterminadoras con montones de cadáveres, pueblos devastados por luchas fratricidas, crímenes detestables en múltiple variedad, opresiones, esclavitudes, violaciones de derechos humanos, interminables odios irreconciliables, sucesión continua de hipocresías y traiciones, placeres voluptuosos increíbles, embrutecimiento febril de carnalidades vergonzosas, deformaciones humillantes del amor, tragedias de hogares deshechos, aberraciones y extravíos de la inteligencia, herejías, cultos idolátricos degradantes, crímenes de todas clases, un desbordamiento incontenible, imparable de todo género de vicios… ¿Qué es esto? El misterio de la iniquidad operante. Su símbolo: Satanás. 


Esta masa cayó sobre ese bendito Cristo. Lo vio en toda su plenitud, en su magnitud y negrura y la penetró en toda su profundidad. Toda la maldad la hizo suya con todas sus consecuencias penales como si Él fuera el reo. Salió fiador de todos esos atropellos y se hizo el responsable para que se cumpliera la Escritura: “Aquél que no conoció pecado se hizo pecado por nosotros”. 


Sé santo, merece la pena que sacrifiques todo. Dios anhela encontrar almas como la Virgen, como San José que le consuelen». (P. Molina)

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