Mística ojalatera

¿Por qué resulta difícil estar en lo que se hace? La respuesta es sencilla y roza la obviedad. Simplemente porque siempre, de alguna manera, queremos estar "en otra parte". Quizás porque estamos hechos para otra parte. Estamos en el tiempo y lo finito, pero por la apertura ilimitada de la inteligencia y la voluntad en su irrestricta apertura a la totalidad de verdad y bien, permanentemente estamos ansiando otra cosa; con constantes anhelos de eternidad e infinitud porque en cierto modo estamos hechos para lo absoluto y lo eterno. Y lo que no sea eso nos defrauda. Exigimos de lo relativo (la amada, el dinero, el partido), por extraña desmesura en nuestros deseos, lo absoluto. y así parece que oscilamos, en lo que se refiere a nuestros deseos, entre la idolatría y el cinismo, pues o bien se adora un objeto bien relativo y limitado, o bien se le desdeña y desprecia porque es incapaz de otorgarnos lo que le pedimos.

Esta apertura a lo ilimitado introduce una dinámica en nuestra imaginación en virtud de la cual se hace arduo aceptar y valorar la realidad, bien limitada y finita, en que estamos insertos y en la que nuestra vida se desenvuelve. Por ello no es nada obvio y es muy arduo, quizás pocas cosas son más difíciles, que este estar todo y del todo en lo que hacemos. ¡Con cuánta frecuencia comprobamos que muchas veces no estamos, o no estamos del todo, en aquello que hacemos! Es meramente aparente la presunta facilidad de estar en lo que se hace.

En otros trabajos que hemos realizado en torno a la imaginación (2), hemos concluido en un axioma ético relativo al verdadero sentido y finalidad de la actividad imaginativa: es válida aquella actividad imaginativa que nos permite aprehender toda la riqueza de lo real; riqueza que no se limita a su mera aprehensión lógica y conceptual. Lo psicológicamente dañino es la actividad imaginativa que rompe los vínculos con el ser y la realidad y tiende a sacamos de ella, y, con ello, a no ver ni valorar lo real. En este sentido cabe detectar una fuerza centrífuga de la imaginación que lleva a sacar la inteligencia y el corazón de aquello que tenemos entre manos, de aquello que constituye nuestra realidad cotidiana, de nuestro trabajo y de los seres que nos rodean. Como dijimos, parece que el hombre nunca estuviera contento con lo que tiene entre manos, que ansía y quiere otra cosa.

Pero cuando se permite esto, que el corazón y la cabeza emigren lejos de la realidad que tenemos entre manos, es inevitable que se produzca un desdoblamiento entre el ideal soñado y anhelado y la realidad cotidiana, que se tiene por anodina y trivial. Se desea y sueña con estar en otra parte, en otro lugar, en otra situación; desde luego más gratificante, estimulante y plena.

Es frecuente encontrarse con personas que están siempre quejándose de la actividad que desarrollan y añoran otra distinta, sin duda más esplendorosa y brillante. Como se cuenta de aquel que con quejumbrosa y rezongona cantinela decía: -"¡Lo mío, lo verdaderamente mío, es la literatura!; pero ya ves, aquí me tienes haciendo miserables crónicas periodísticas, vanas, superficiales... pero de algo hay que vivir"; otro: -"¡Oh, si yo pudiera dedicarme a la pintura! -y los ojos se entornan con aire soñador y anhelante- es lo que me gusta y apasiona... pero no puedo y debo dedicarme a hacer estas caricaturas baratas por las que me puedan pagar algo". Hablan con menosprecio de lo que constituye su trabajo -pálida actividad al lado de la literatura y el arte, su verdadera y presunta vocación- y se refieren a su tarea con tono sombrío y carcelario. Han permitido que su vida se desdoble entre un ideal soñado y esperanzadoramente acariciado, y un trabajo anodino y sin brillo que se sobrelleva y soporta. Han permitido que su corazón y su cabeza vuelen imaginativamente lejos de la labor que llevan y que constituye su realidad.

En todo caso, la mayor parte de los hombres no vive la realidad, sino una ficción que ellos mismos se han inventado. La realidad para ellos es demasiado árida y mezquina, insignificante y desapasionada. Y ellos, claro está, son grandes leones dorados y rugientes, o al menos lo son ante los ojos de su imaginación.

Sin embargo sabemos por experiencia que, siempre que ponemos todo el corazón y la cabeza en lo que tenemos entre manos, ese trabajo o esa actividad se torna interesante, original y creativa. Si no permitimos que nuestra mente se vaya lejos de lo que tenemos entre manos, y estamos todo y del todo en lo que hacemos, esa actividad termina por apasionar y gustar, se vuelve personal y creadora. Sabiendo estar del todo implicados en lo que hacemos, no hay trabajo que sea mera fatalidad, quejumbrosa actividad y mecánico quehacer. Ese trabajo se hará bien, con arte y fuego creador. Hay modos de trabajar -de barrer la plaza y hacer el aseo, de dar una clase y asistir a una lección, de prestar un servicio a un cliente, de escuchar a un paciente y construir una casa, de atender, preguntar y sonreír- que denotan arte y poesía, estilo personal y la alegría de lo bien hecho. Quien así está en lo que hace, quien no permite que la imaginación lo saque de la realidad que tiene entre manos, hará bien las cosas.

De este modo podemos decir que hay una manera de trabajar con arte, con belleza y estilo que refleja nuestro sello personal y nuestro gusto por lo que hacemos. Y sólo si nuestro amigo hace bien esas menospreciadas crónicas periodísticas, con arte y estilo literario, puede confiar en que quizás el futuro le depare el poder dedicarse a la literatura. Y si esas caricaturas y viñetas se hacen a conciencia, con esmero y cariño, no estará lejos el día, quizás, en que pueda abocarse a las aventuras pictóricas con las que sueña (3). Si se hace bien y con esmero lo que ahora sí se tiene entre manos, nuestro trabajo, nuestras obligaciones cotidianas, quizás no esté tan lejos la realización de esas actividades con las que se sueña. O, simplemente, no hará falta soñar en otra cosa porque valoraremos plenamente lo que hacemos, porque habremos aprendido a encontrar ese "quid divino que se encuentra en las realidades más cotidianas. Ese algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno descubrir" (4).

Pero es un hecho que existe la tendencia a no aceptar las circunstancias concretas que rodean nuestra vida y nuestro trabajo, a salir del sitio en que se está, a no aceptar la realidad: y el que trabaja en el campo sueña con las posibilidades de la gran urbe; el que está en la ciudad agobiado por el smog, el estrépito y la agitación, anhela imaginariamente la vida más natural y tranquila del campo; el que es soltero quisiera casarse, y el que está casado piensa en los perdidos privilegios de la soltería; el que está casado con ésta, hubiera preferido estarlo... con esta otra; el que da clases en el colegio sueña con los presuntos horizontes más amplios de la universidad; y el que trabaja en la universidad se queja de las innumerables tareas administrativas, y recurrentemente imagina que para lo que sí se está dotado es para la investigación. Siempre otra cosa, algo distinto de aquello en que se está, una situación diversa a la que tenemos, y mientras tanto, esa realidad de la que sí disponemos y la que sí puede ser ofrecida y santificada, se escapa sin pena ni gloria de entre las manos. La imaginación ha llevado la cabeza y el corazón a otro sitio, a otras condiciones y circunstancias.

La santificación de la vida ordinaria requiere esta dosis de realismo y de amor a la realidad, de agradecida aceptación de lo que somos y hemos sido. En este sentido conviene rechazar la tentación de pensar -porque puede ser tentación- que otro sitio y otras circunstancias son más aptas para el cultivo y desarrollo de nuestras virtudes o potencialidades. Como veremos más adelante, todo cambio o superación supone un previo aceptar tanto la realidad de lo que somos como la situación en que nos encontramos. Por ahora es eso lo que podemos ofrecer y santificar.

En este sentido no hay enemigo más insidioso y sutil, para quienes buscan santificarse en la vida diaria, que la mística ojalatera. Consiste en dejar de estar en lo que se hace y permitir que la cabeza y el corazón emigren lejos de lo que tenemos entre manos. Así se refería el fundador del Opus Dei a ella: "Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera -ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!...- y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor"(5).

Este realismo, este carisma de lo concreto, al que ya hemos aludido, parte del presupuesto y la consiguiente convicción de que siempre, sean las que sean las circunstancias en que nos encontremos, estamos en condiciones de amar a Dios. Por tanto no debemos esperar a encontrarnos en condiciones externas ideales, o en una situación más adecuada, que según nuestro parecer serían, mejores, para, entonces, progresar en el Amor a Dios. Se engaña quien piensa -y ésta es otra de las manifestaciones de la mística ojalatera- que se esforzará en el amor a Dios y en la lucha ascética, cuando cambien las circunstancias, cuando dé el examen, supere este mal momento económico, familiar o profesional en que se encuentra, cuando salga aquel trabajo o gane el concurso, o salga de la enfermedad, descanse, o se supere tal o cual problema. Siempre tendremos problemas. Si sólo en esos momentos ideales es posible la santidad, querría decir que ésta sería un lujo reservado para unos pocos, a saber, los que gozan de buena salud, viven de modo desahogado y en la abundancia de bienes.

Se trata de amar a Dios en cada momento, sabiendo ver en todo lo que nos acontece, ya sea una menudencia o una gran contrariedad. la mano providente. paternal y amorosa de Dios. Él es un mendigo de nuestro amor en cada momento y muchas veces posponemos nuestra respuesta ya sea con excusas o con promesas. Pensamos que en ese momento por-venir le responderemos no sólo en esta cosa pequeña sino en eso y mucho más. Consideramos que un cambio de condiciones externas provocará, de modo mágico, un verdadero vuelco y conversión. Puede que a veces sí resulte conveniente un cambio de trabajo o de ambiente, pero en otras ocasiones -las que ahora analizamos-, revela una imaginación movida por la soberbia que aviva la mística ojalatera y denota muchas veces falta de conocimiento propio, de humildad y de realismo.

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