Hechos 5:1-25: Ananías y su esposa Safira

“Un hombre llamado Ananías también vendió una propiedad y, en complicidad con su esposa Safira, se quedó con parte del dinero y puso el resto a disposición de los apóstoles.

—Ananías —le reclamó Pedro—, ¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno? 

¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres sino a Dios! Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Y un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido. 

Entonces se acercaron los más jóvenes, envolvieron el cuerpo, se lo llevaron y le dieron sepultura. Unas tres horas más tarde entró la esposa, sin saber lo que había ocurrido. —Dime —le preguntó Pedro—, ¿vendieron ustedes el terreno por tal precio? —Sí —dijo ella—, por tal precio. —¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? —le recriminó Pedro—. ¡Mira! Los que sepultaron a tu esposo acaban de regresar y ahora te llevarán a ti. En ese mismo instante ella cayó muerta a los pies de Pedro. Entonces entraron los jóvenes y, al verla muerta, se la llevaron y le dieron sepultura al lado de su esposo. Y un gran temor se apoderó de toda la iglesia y de todos los que se enteraron de estos sucesos.”


(‭Hechos‬ ‭5‬:‭1-11‬ NVI)

No nos engañemos. Leamos observando bien las palabras y el contexto inmediato: el problema central de Ananías y Safira no fue la avaricia. Pedro les dijo que su problema fue mentir (pues querían actuar performáticamente una generosidad similar a la de Bernabé). Su problema de fondo fue el deseo de ser reconocidos como buenos, generosos y santos por la comunidad que los rodeaba, especialmente después que ellos oyeron todas las cosas buenas que la iglesia dijo de Bernabé.

Ananías y Safira hicieron el mal debido a lo tanto que se esmeraron en ser buenos. Olvidaron lo que ya había dicho el Maestro mucho antes: “guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres”.

Si no queremos ser unos Ananías y Safiras más de la vida, empecemos por ahí: no se trata de nuestra justicia, sino de la Suya, la del Cordero perfecto que empapó el astilloso madero con su sangre. Murió nuestra muerte, pagó nuestra deuda, sufrió el castigo de nuestra desobediencia para que podamos hoy ser amados tal cual somos, sin mediar esfuerzos de auto-perfección ni búsquedas personales por la excelencia. Somos justos sólo por la fe en Él. Somos Sus hijos amados por gracia y nada ni nadie nos quitará jamás esa posición.

Cuando entendí esto, fue duro trabajo para mí, pero desde ese día en adelante se ha hecho cada vez menos atractivo publicar mis oraciones, mis devocionales y mis avances espirituales en las redes sociales, por ejemplo. Muchas veces lo hago estúpidamente, especialmente cuando mi fe decae y me cuesta creerle a Dios que me ama tanto como ha dicho que me ama. Entonces me pongo a mendigar reconocimiento y aplausos de los demás y el Facebook es la herramienta más a la mano para mendigar aceptación (hay algo sexy en los “me gusta” de mis falsos amigos virtuales). Otras veces lo hago movido por el genuino deseo de edificar a mis hermanos y amigos. Pero la verdad es que no siempre es fácil identificar la distinción en un corazón tan engañoso como el mío, así que confiar en la gracia – que es tan inmensurable que incluso perdona a los exhibicionistas y orgullosos espirituales como yo – se me hace imprescindible.

También, desde que empecé a entender esto, se han hecho más comunes en mis predicaciones las confesiones. No lo planifiqué así. Me di cuenta hace muy poco, de hecho, repasando en retrospectiva mis últimos sermones. Simplemente me pasa en el momento. Es como si me costara enseñar cualquier cosa espiritual dejando la sensación en mis oyentes de que tengo autoridad moral para enseñárselas. Algo en el fondo de mi conciencia me recuerda que sería una estafador si dejara en los que me escuchan la impresión de ser un gurú espiritual hablando desde un “Sinaí” de autojusticias.

En fin, a Ananías y a Safira les faltó libertad – la libertad que da el sentirse amado – y por eso pecaron. La buena noticia (valga la redundancia) es que el Evangelio tiene libertad más que suficiente para dar gratuitamente a quienes han creído. Hoy mi ruego ha ido cambiando y ya no es tanto que Dios me haga bueno, sino que me aumente cada día más la fe para creer en Su amor. Lo demás será añadido.

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