Una mujer había cometido aborto y había quedado con un gran peso en su alma. Después de un tiempo, decidió confiar este peso a la Misericordia Divina a través del Sacramento de la Confesión con el Padre Pío.
Arrodillada aquella mujer, confesó su pecado más grave: «Padre, he abortado». El Padre permaneció un momento en silencio y luego acercó sus manos a los ojos de la penitente. Esas manos llagadas y cubiertas con guantes, esas manos que emanaban el aroma de Cristo, intentaban ahora hacer comprender a la mujer cuán grandes proyectos tiene Dios para cada persona, y las tristes consecuencias de nuestras malas elecciones al no seguir el plan celestial, obligando con esto a Dios a modificar su maravilloso proyecto.
Entonces la mujer cierra los ojos y en un instante todo desaparece: el Padre, el confesionario, las demás mujeres que esperaban para confesarse…
Todo desapareció y la mujer se vio como transportada a una plaza inmensa, repleta de personas alegres. No sabía qué hacía en esa plaza, pero percibía alegría, júbilo y fervor en los rostros de las personas que la rodeaban. De repente, ve pasar cerca de ella la típica silla que usan los Papas. Mira hacia arriba y ve a un hombre vestido de blanco, sonriente, que la miraba. Experimentó una sensación extraña: evidentemente era el Papa, pero no un Papa del cual conociese el nombre. Sin embargo, percibió una familiaridad inusual, como si conociese de siempre a ese hombre. Entonces todo desapareció, y la mujer abrió los ojos.
El Padre preguntó: «¿Qué viste?»
Respondió ella: «Padre, creo que me encontraba en San Pedro, en Roma: cerca de mí pasó la silla del Papa, que era llevada en procesión. Miré hacia arriba y vi un hombre desconocido, pero que me resultaba extrañamente familiar».
El Padre, tomando un aspecto serio, le dijo: «Aquel hombre era tu hijo. El Señor tenía sobre él un grandísimo proyecto, pero tú, con tu elección lo impediste».
La mujer quedó fría y no pudo más que arrepentirse de todo corazón.
Santa María de Nazareth - Surquillo

0 Comentarios