En Hechos 8:4-25, se describe la dispersión de los creyentes tras la persecución que comenzó en Jerusalén, lo que llevó a la propagación del Evangelio. El pasaje se enfoca en la labor de Felipe, uno de los siete diáconos, quien bajó a la ciudad de Samaria y predicó a Cristo. Muchos samaritanos creyeron en su mensaje y fueron bautizados al presenciar los milagros y señales que realizaba.
En Samaria, había un hombre llamado Simón el Mago, que había impresionado a la gente con su brujería y reclamaba ser un gran personaje. Sin embargo, también él creyó y fue bautizado. Cuando los apóstoles en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan. Al llegar, estos oraron por los nuevos creyentes para que recibieran el Espíritu Santo, ya que aún no había descendido sobre ninguno de ellos, a pesar de estar bautizados en el nombre de Jesús.
Simón, viendo que el Espíritu Santo se daba por la imposición de manos de los apóstoles, les ofreció dinero para obtener ese poder. Pedro lo reprendió severamente, diciéndole que su corazón no estaba bien delante de Dios y que debía arrepentirse. Simón pidió a los apóstoles que oraran por él para que no le sobreviniera lo que ellos habían dicho. Finalmente, los apóstoles predicaron en muchas aldeas samaritanas al regresar a Jerusalén.
Este pasaje resalta la expansión del cristianismo más allá de Jerusalén, y la importancia de la pureza del corazón al recibir el don de Dios, mostrando que los dones espirituales no se pueden comprar
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